Acerca de la traducción castellana de «On Bullshit» de Harry Frankfurt | Ángel Valdez Martínez

¿Es lo mismo hablar de “bullshit” que hablar de “manipulación de la verdad”?

El presente texto aborda la traducción que Miguel Candel hace de On Bullshit, ensayo filosófico con el que Harry Frankfurt logra elevar un término del argot coloquial a categoría epistemológica. Esta entrada consta de dos partes: la primera es más bien una nota bibliográfica que busca poner de relieve el papel que tienen los traductores a la hora de presentar ideas relativamente nuevas a nuevas audiencias; la segunda, un poco más extensa, es una respuesta a la pregunta que encabeza este escrito.

I.

 La primera versión del ensayo de Harry G. Frankfurt se publicó en inglés, en 1986, en el volumen 6, número 2, de la revista Raritan, editada por la Escuela de Artes y Ciencias de la Universidad Estatal de Nueva Jersey. Posteriormente, en 1988, se publicó como parte del libro titulado The importance of what we care about. Philosophical essays, el cual, hasta 2007, llevaba 14 reimpresiones, todas a cargo de la Cambridge University Press. Sin embargo, no es sino hasta 2005 cuando se publica en la Princeton University Press como una obra independiente, la cual se consagra rápidamente como uno de los libros de no ficción más vendidos entre el público angloparlante.

En lo que respecta a la versión española, las cosas son un poco complicadas: efectivamente, el público de habla hispana se privó de semejante producto del ceso humano durante muchos años, hasta que, en 2006, Katz Editores publicó la primera edición al español de La importancia de los que nos preocupa. Ensayos filosóficos, cuyo capítulo X se titula “Sobre el concepto de bullshit”; la traducción estuvo a cargo de Verónica Inés Weinstabl y Servanda María de Hagen. Curiosamente, también en 2006, esto es, apenas un año después de que se publicara en forma de libro independiente en Estados Unidos, vio la luz, en los talleres barceloneses de la editorial Paidós, la traducción preparada por Miguel Candel.

Digo que las cosas se complican, no solo porque ambas ediciones presumen tener todos los derechos reservados, sino porque en una y otra traducción hay elementos que pueden encaminar la interpretación del lector en uno u otro sentido. Para ilustrar lo que digo comentaré sucintamente las notas aclaratorias que Weinstabl y De Hagen y Candel hacen a sus respectivas traducciones.

Candel dice que bullshit es un “término de difícil traducción, que revela desprecio o manipulación de la verdad” y declara que por ello “en la presente obra [la de Frankfurt] será traducido por «charlatanería»” (Frankfurt, 2006a, pág. 9). Podemos estar de acuerdo con aquello de que “bullshit” deja ver cierto desprecio o desinterés por la verdad, pero ¿manipulación? No obstante, en la edición de Paidós se agregó como subtítulo “sobre la manipulación de la verdad”, subtítulo que no estaba presente en ninguna de las versiones en inglés y que, a parecer de quien suscribe, pone de relieve cierto tipo de malinterpretación por parte de Candel (más adelante pondré decir alguna otra cosa al respecto).

Por su parte, Weinstabl y De Hagen declaran que, en su versión, “la palabra bullshit se mantendrá en el idioma original, ya que no es posible encontrar un equivalente exacto en español. Si bien bullshit está compuesta por las palabras bull —que significa «toro»— y shit —«mierda»—, se podría traducir, en forma aproximada, como «tonterías», «mentiras», «sandeces», «joder», etc., según el contexto” (Frankfurt, 2006b, pág. 171)

No voy a ahondar en esto más, porque prolongarme sería, precisamente, caer en el bullshit —entendido como el hablar de temas que exceden mi conocimiento (Frankfurt, On Bullshit, 2005, pág. 63), id est: la labor de traducir. Baste decir que en este caso encontramos un ejemplo de que no es suficiente con traducir conceptos, por muy grande que sea nuestra urgencia de presentar ideas novedosas a una nueva audiencia, sino que es importante, además, saber capturar los sentidos culturales que dichos conceptos tienen en la lengua (o, mejor, cultura) de origen y saber vincularlos con conceptos o expresiones de la lengua/cultura meta, así como reconocer cuando estamos ante términos a todas luces intraducibles.

II.

Hasta aquí podemos estar de acuerdo con Weinstabl y De Hagen, pues parece que el término que nos ocupa no se puede traducir, pero supongamos que estamos obligados, por una u otra razón, a ofrecer una expresión en español que sea equivalente a bullshit: entonces podemos atender al propio texto de Frankfurt, según el cual, el bullshit puede entenderse como desinterés por la verdad, como falta de compromiso epistémico, definiciones que coinciden con la primera parte de la aclaración de Candel pero que poco o nada tienen que ver con la supuesta manipulación de la verdad. En efecto, pregunto, ¿cómo puede hablarse de manipulación de la verdad, cuando no se tiene el mínimo interés por ella, tal como Frankfurt declara en reiteradas ocasiones a partir de la página 42, pero particularmente en la 72 (de la edición Paidós), cuando no se le toma en cuenta ni siquiera como punto de partida? Aun más: ¿cómo fue que un subtítulo tan sugerente terminó en la portada de dicha edición, aun cuando Frankfurt declara tajantemente que el Bullshitter, es decir, el charlatán de Candel, ignora por completo a la verdad, su autoridad y aun sus exigencias? Estas son preguntas que no puedo responder; esa sería labor del editor… Lo que sí puedo hacer es una breve semblanza de los postulados de Frankfurt a fin de hacerle justicia a su definición de bullshit como “la ausencia de interés por la verdad —esa indiferencia ante el modo de ser de las cosas—“ (Frankfurt, 2006a, pág. 44), con las limitaciones propias de un trabajo de esta naturaleza.

Como se dice en la introducción de esta exposición crítica, el ensayo de Frankfurt logró introducir un término del argot coloquial al discurso filosófico contemporáneo, (cuyos alcances pueden rastrearse, actualmente, en ámbitos educativos[1] y aun antropológicos[2], por decir algo). Dicho término es, según se ve, intraducible, a menos que se recurra a expresiones compuestas de dos o más palabras, como “ausencia de interés por la verdad” o “falta de compromiso epistémico”. Pero, evidentemente, un libro subtitulado “Sobre la ausencia de interés por la verdad” difícilmente llegaría a vender tanto como uno rotulado con “Sobre la manipulación de la verdad” en la portada.

De acuerdo con una primera afirmación del filósofo estadounidense, el bullshit es equiparable al excremento porque no requiere el menor esfuerzo para ser producido; no es producto de trabajo sistemático: “simplemente, se deja salir” (Kant, citado en Frankfurt, 2006a, pág. 31). Posteriormente añade que, además de este bullshit (que llamaré “espontáneo”) hay bullshit muy elaborado, el cual produce discusiones intensas e importantes y en el cual se gastan sumas millonarias. Ahora bien, el autor se asegura de dejar claro que, sin importar de qué tipo de bullshit se trate, ambos se caracterizan por estar vacíos de sustancia y contenido, por no atender el modo de ser de las cosas, por no interesarse por la verdad.

En esta afirmación tan pronta en el texto se halla la clave para responder la pregunta que incoa este escrito, aunque, al parecer, al traductor le pasó inadvertida: no, no es lo mismo hablar de bullshit, que hablar de manipulación de la verdad, y no lo es porque, tal como señala Frankfurt, el bullshitter, a diferencia del mentiroso, nada tiene que ver con la verdad. Esto lo pone de relieve cuando compara al primero con el segundo.

Resulta que el mentiroso, para hacer su arte, necesita saber qué cosa es la verdad, o en todo caso, suponer que lo sabe; quien miente, para lograr su cometido, tiene que ceñirse a los rigurosos criterios de la verdad, de modo que cuanto dice pueda ser tenido por verdadero. El bullshitter, en cambio, está libre de esas ataduras; a él no le importa si sus palabras se adecúan o no con la realidad; él, sencillamente, se siente impulsado a hablar largo y tendido sobre lo que ignora. Vemos, pues, que ante el bullshitter no hay verdad alguna para ser manipulada, antes hay un vacío y una urgencia por opinar sobre todas las cosas, a todo momento.

Así lo vislumbra Frankfurt al advertir que existen dos raíces, bien asentadas en la civilización occidental, de las cuales brota bullshit y se propaga, indiscriminadamente, a todos los ámbitos de nuestra vida pública (y aun privada). Una es el impulso de hablar de cualquier tema, incluso si excede nuestro conocimiento, y la otra, un antirrealismo, que nos disuade de esforzarnos en buscar la verdad. La primera raíz se origina en la convicción de que, en un sistema democrático como en el que nos desenvolvemos, todos tenemos la misma responsabilidad (si no el deber) de opinar sobre cualquier asunto humano, aunque no se sepa nada al respecto. Respecto a la segunda raíz, más que señalar el origen, Frankfurt nos advierte sobre sus consecuencias: al haber perdido la confianza en la búsqueda de la verdad, el ser humano contemporáneo ha decidido confiar en sí mismo, ya no en los hechos, sino en sus impresiones acerca de ellos. Frankfurt dirá, pues, que el ser humano moderno, ha decidido renunciar a toda realidad, salvo la que refleja su naturaleza individual, esto mediante cierto ejercicio de sinceridad, que no es, según Frankfurt, sino una manifestación e interiorización del bullshit.

Quiero cerrar ensayando una respuesta breve a una interrogante que el autor deja entrever en la pág. 63: ¿a qué se debe que el bullshitter sea más tolerado que el mentiroso? Sé que se requiere un desarrollo más profundo, pero baste decir que esto es culpa de la profesionalización de la filosofía, pues la labor crítica y analítica recae en unos cuantos: así como creemos que solo al médico le corresponde diseccionar cuerpos, y al químico, separar partículas, así creemos que los asuntos relativos a la verdad (natural, histórica, poética, trascendental, etcétera) incumben solo al profesional de la filosofía, error que, tristemente, nos deja a la merced de creencias injustificadas y del bullshit, tan característicos de estos tiempos en los que se nos ha educado que, al final del día, la opinión de cada uno es la única que cuenta.

Bibliografía

Frankfurt, H. G. (2005). On Bullshit. Nueva Jersey: Princeton University Press.

Frankfurt, H. G. (2006a). On Bullshit. Sobre la manipulación de la verdad. (M. Candel, Trans.) Barcelona: Paidós.

Frankfurt, H. G. (2006b). Sobre el concepto de bullshit. En H. G. Frankfurt, La importancia de los que nos preocupa. Ensayos filosóficos (V. I. Weinstabl, & S. M. Hagen, Trads., págs. 171-194). Buenos Aires: Katz.


[1] Cf. Kai Horsthemke (2014), “On Bullshit and Mindfucking: an essay on mental manipulation in education”, en South African Journal of Philosophy, Vol. 33. No. 1. Páginas. 35-46. La autora de este artículo identifica en el proceder de los sofistas, en el pensamiento posmoderno y en formas particulares del feminismo ejemplos contemporáneos de bullshit con implicaciones en la formación de ciudadanos.

[2] Cf. Thaddeus G. Blanchette & Ana Paula da Silva (2012), “On bullshit and the trafficking of women: moral entrepreneurs and the invention of trafficking of persons in Brazil”, en Dialectical Anthropology, Vol. 36. Páginas 107-125. Los autores de este texto sostienen que los informes presentados en el marco del programa “Pesquisa sobre Tráfico de Mulheres, Crianças e Adolescentes para. Fins de Exploração Sexual Comercial no Brasil” (Pestraf) son intentos conscientes y dirigidos para crear bullshit según su interpretación de la postura de Frankfurt.

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