Sobre el naturalismo en la filosofía y su implicación con la libertad y el determinismo

El cerebro humano y las emociones. Fuente: Damasio, 2009, p. 61

En 1970, mediante la publicación de The Science of Survival, Van Rensselaer Potter acuñó el término bioética con el propósito de advertir sobre el inminente peligro que representaba la escisión epistemológica entre el saber científico y el humanístico. En la contemporaneidad, esta separación ha comenzado a desdibujarse, propiciando que las ciencias biológicas y las humanidades converjan hasta consolidarse en disciplinas puente como la neuroética, la neuropolítica y la neurofilosofía. Esta última ha sido conceptualizada como una interdisciplina que integra diversas áreas —tales como la neurociencia, la ciencia cognitiva y la filosofía de la mente— con el objetivo fundamental de rectificar las concepciones tradicionales que la filosofía ha sostenido sobre la subjetividad y lo mental (García Ruiz, 2014). 

Una evidencia paradigmática de esta simbiosis epistemológica entre ciencias naturales y humanismo se encuentra en las investigaciones de Antonio Damasio. En su obra En busca de Spinoza, Damasio emprende una lectura naturalizada de Baruj Spinoza, demostrando que diversas proposiciones formuladas por el pensador holandés en el siglo XVII anticipan de manera notable los postulados de la neurociencia moderna. No obstante, este abordaje metodológico entra en tensión directa con la perspectiva de Edmund Husserl, quien emitió una profunda crítica al naturalismo. Desde la óptica husserliana, el intento de identificar la mente humana con la naturaleza mediante los procesos de las ciencias naturales conlleva una reducción inaceptable de la labor filosófica, puesto que se «naturalizan» y cosifican todos los fenómenos, incluida la experiencia misma de la conciencia.

Frente a esta dicotomía, en la cual Husserl denuncia los riesgos del naturalismo mientras Damasio naturaliza activamente el pensamiento spinoziano, resulta imperativo formular las interrogantes que vertebrarán el presente análisis: 

En primer lugar, ¿en qué condiciones epistemológicas fundamenta Husserl su crítica a dicho reduccionismo? ¿Resulta innegable que la creciente intrusión de las ciencias naturales en el ámbito de las humanidades conlleva el riesgo de someter los hechos de la conciencia a leyes puramente físicas? Consiguientemente, ¿la propuesta de Damasio constituye verdaderamente un enriquecimiento de Spinoza o, por el contrario, implica un demeritamiento de su rigor filosófico?

En segundo lugar, ¿de qué manera estas aproximaciones naturalistas reconfiguran los conceptos filosóficos de determinismo y libertad? Y, finalmente, ¿bajo qué marco conceptual sería posible consolidar la convergencia entre ciencias y humanidades, tal como aspiraba Potter, logrando eludir el reduccionismo denunciado por Husserl?

La crítica husserliana al naturalismo frente al enfoque neurobiológico de Damasio

En su obra La filosofía como ciencia estricta, Edmund Husserl caracteriza el naturalismo como la concepción que asimila la naturaleza a una unidad de ser espaciotemporal regida invariablemente por leyes exactas. Desde esta perspectiva epistemológica, el investigador naturalista concibe la totalidad de lo existente como una entidad física; consecuentemente, cualquier fenómeno psíquico es degradado a la categoría de variante dependiente o, en el mejor de los casos, a un fenómeno secundario y concomitante de lo material.

Si la conciencia humana se interpreta meramente como el resultado de leyes exactas, físicas, su estudio quedaría supeditado a principios deterministas que buscarían predecir los fenómenos psíquicos con la misma exactitud que los materiales. Esta reducción ontológica desembocaría en el conductismo más radical, tal como lo advierte Tim Crane al señalar que toda explicación mecanicista de la mente presupone inexorablemente la existencia de «leyes naturales» de la psicología. Para Husserl, la intromisión de este paradigma cosifica la conciencia humana, despojando al individuo de la agencia necesaria para autodeterminar su propia trayectoria vital.

Esta problemática epistemológica trasciende la ontología husserliana y encuentra eco en el debate científico contemporáneo sobre el reduccionismo genético y metodológico. Un ejemplo paradigmático es la confrontación teórica entre los biólogos Steven Rose y Richard Dawkins. Mientras Dawkins asume posturas que justifican problemáticas sociales desde un determinismo genético estricto, Rose denuncia la falacia de este método reduccionista, el cual pretende subsumir linealmente la sociología a la psicología, la psicología a la fisiología, y así sucesivamente hasta llegar a la base fisicoquímica. Ambas aproximaciones ilustran el riesgo latente advertido por Husserl: las disciplinas humanas tienden a deformarse cuando se supeditan metodológicamente a las ciencias naturales.

A la luz de estas consideraciones, resulta imprescindible evaluar si el trabajo empírico de Antonio Damasio incurre en este reduccionismo cosificador. En En busca de Spinoza, Damasio otorga al pensador holandés el estatuto de «proto-biólogo», argumentando que describió disposiciones funcionales que la neurociencia contemporánea ha logrado corroborar empíricamente. Al respecto, el concepto spinoziano de conatus —entendido como la propensión reflexiva y racional hacia la autopreservación— es interpretado por Damasio como la manifestación de circuitos cerebrales inherentemente programados para garantizar la supervivencia y procurar el bienestar.

Niveles de regulación, de lo simple a lo complejo. Fuente: Damasio, 2009, p. 35.

Para explicar cómo operan estos circuitos, Damasio recurre a la metáfora de un árbol y sus ramificaciones, la cual ilustra los distintos niveles de regulación de un ser vivo. En el nivel más bajo y primitivo, operan los componentes químicos y mecánicos; posteriormente emergen los comportamientos asociados al dolor y al placer, seguidos por la aparición de los apetitos y deseos conscientes. Finalmente, en el nivel superior de estas ramificaciones, se encuentran las emociones propiamente dichas, las cuales, aunque provienen de reacciones biológicas, se modifican de acuerdo con la experiencia y participación del sujeto.

No obstante, recordemos que el reduccionismo denunciado por Edmund Husserl advierte sobre el peligro de cosificar la conciencia, es decir, de degradar los fenómenos psíquicos a meras reacciones físico-químicas, despojando al ser humano de su agencia. Podría parecer que al enraizar el conatus en circuitos cerebrales biológicos, Damasio incurre en esta naturalización extrema; sin embargo, es posible otra lectura.

La aproximación de Damasio demuestra que cuando la biología se deja nutrir por la filosofía, el trabajo reflexivo no se demerita. En lugar de anular la dimensión cualitativa del individuo, la neurociencia valida la intuición filosófica de que la supervivencia humana no es un automatismo ciego, sino que está intrínsecamente ligada a la búsqueda de bienestar. Así,  aunque el intelecto y las emociones tengan sus basamentos estructurales en niveles inferiores (como las señales químicas), exhiben características ontológicas propias y autónomas. De este modo, la supervivencia —el conatus— en la especie humana incluye la facultad biológica de elección guiada por los sentimientos y la posibilidad de modificar nuestras reacciones según nuestra experiencia, salvaguardando nuestra capacidad de autorregulación.

En suma, el enfoque de Damasio sortea el reduccionismo porque no subsume el nivel superior (la mente reflexiva y volitiva) a las leyes absolutas del nivel inferior (la fisiología mecánica), sino que reconoce la emergencia de facultades propiamente humanas que delimitan, pero no anulan, nuestra capacidad de forjar nuestro propio camino.

Lejos de constituir un menoscabo del quehacer filosófico, el análisis de Damasio demuestra que la aproximación científica, cuando es permeada por el rigor reflexivo de las humanidades, elude la trampa del reduccionismo. Esta lectura naturalizada de Spinoza no simplifica la subjetividad a meras reacciones mecánicas, sino que permite reconocer en la conciencia la existencia de propiedades emergentes. Estas facultades dotan a la mente humana de características ontológicamente distintas a las de la materia inanimada o la materia orgánica básica, aun cuando encuentren su fundamento estructural en dichos niveles jerárquicos inferiores.

Determinismo, libertad e indeterminismo: hacia una simbiosis interdisciplinaria

Las diversas posturas ontológicas que se asuman frente al naturalismo desembocan ineludiblemente en una serie de ramificaciones ético-filosóficas, las cuales orbitan en torno a la tensión conceptual entre el determinismo y la libertad. Si se postula un determinismo radical —ya sea fundamentado en imperativos genéticos o en condicionamientos socioculturales—, se incurre en el riesgo de diluir la responsabilidad moral y crítica que caracteriza a la agencia de nuestra especie. Bajo este paradigma, cualquier conducta quedaría justificada como el corolario inevitable de reacciones bioquímicas o fuerzas exógenas, despojando al individuo de su capacidad de autorregulación y autocreación, es decir, de su condición autopoiética.

Por el contrario, la asunción de una libertad absoluta resulta igualmente falaz, puesto que soslaya la existencia innegable de factores biológicos, ecológicos y sociales que, si bien no predeterminan fatalmente al sujeto, circunscriben y delimitan el campo de la acción humana.

En virtud de lo anterior, resulta imperativo establecer una distinción epistemológica rigurosa: aunque el determinismo y la libertad se erijan como categorías antagónicas, el indeterminismo no debe homologarse equívocamente con la noción de libertad irrestricta. Mientras que la libertad absoluta presupondría una total exención de condicionamientos, el indeterminismo humano debe comprenderse cabalmente como una voluntad de reacción. Esto implica que, aun cuando el ser humano se enfrente a predisposiciones genéticas o tendencias biológicas heredadas, conserva la capacidad volitiva y consciente para reaccionar ante dichos condicionamientos y regular racionalmente su propia conducta.

Dicha indeterminación encuentra su base en el desarrollo evolutivo de la conciencia, un proceso diacrónico que transitó de la materia inorgánica a la orgánica, culminando en la emergencia del pensamiento reflexivo. Así como la vida biológica exhibe propiedades irreductibles a la materia inerte que le subyace, el pensamiento ostenta características ontológicas y operativas diferenciadas de la vida orgánica estricta, dotando al sujeto de esta capacidad activa de reacción.

Por consiguiente, la articulación armónica entre las ciencias naturales y las humanidades exige trascender el reduccionismo mecanicista advertido por Husserl. Esta convergencia epistemológica es factible si se comprende la realidad a través de una jerarquía de niveles de complejidad ascendente —abarcando la litósfera, la biósfera y, finalmente, la noosfera—, tal como lo han sugerido teóricos como Teilhard de Chardin, George Gaylord Simpson, Lecomte du Noüy, Steven Rose y Karl Popper, destacando este último por su noción de darwinismo activo frente al pasivo. Al reconocer que la evolución de los sistemas engendra nuevas facultades emergentes, como la autopoiesis y la volición, se logra establecer un marco teórico donde el pensamiento humano no se degrada a simples leyes fisicoquímicas. Es bajo esta perspectiva integradora que resulta posible consolidar una auténtica simbiosis interdisciplinaria, reconciliando las máximas expresiones del intelecto de nuestra especie: el rigor empírico de la ciencia y la profundidad reflexiva de las humanidades.

Ángel Valdez Martínez
Ciudad de México, 2026

Bibliografía

Crane, T. (2008). La mente mecánica. Introducción filosófica a mentes, máquinas y representación mental. México: Fondo de Cultura Económica.

Damasio, A. (2009). En busca de Spinoza. Barcelona: Crítica.

Dawkins, R. (1976). The selfish gene. London: Oxford University Press.

García Ruiz, P. E. (2014). ¿Naturalizar la conciencia? Investigaciones Fenomenológicas, (11), 99-109.

Husserl, E. (1962). La filosofía como ciencia estricta. Buenos Aires: Nova.

Rose, S. (2001). Trayectorias de Vida. Biología, libertad y determinismo. Barcelona: Granica.

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