Autora: Samanta Selenne Cisneros Hernández
Lic. en Etnohistoria

Desde el nacimiento de la Etnohistoria en los años 50 en México, esta licenciatura a se ha dedicado al estudio de los grupos o etnias indígenas que tuvieron contacto en la Conquista y posteriormente con la integración a los distintos sistemas económicos y sociales que se han implementado desde entonces; no obstante, es muy común escuchar a propios y extraños decir que esta disciplina, a pesar de contar ya con 65 años de antigüedad en México, carece de una definición reconocida y aceptada así como de un método propio, por lo que creemos necesario hacer una propuesta diferente a lo que se ha venido haciendo con la Etnohistoria desde entonces, al menos como licenciatura en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Es dentro de la institución de referencia donde se ha concentrado gran parte de los estudios sobre los periodos Prehispánico y Colonial en México. Si bien las necesidades de las etnias han evolucionado, las mismas han pasado a integrarse a grupos sociales urbanos, por lo que muchas veces se han visto en desventaja ante ellos, por esta razón creemos que estas nuevas problemáticas pueden ser estudiadas desde la Etnohistoria, puesto que con base en nuestra formación académica, somos capaces de analizar este tipo de fenómenos, haciendo uso de las herramientas tanto de la Historia como de la Antropología, tomando en cuenta que con ese fin se creó. Aunque si vislumbramos más allá, no solo se hace uso de estas disciplinas, sino que también podemos utilizar la Arqueología, la Lingüística o cualquier otra rama de las ciencias sociales según sea el caso y la formación de cada uno de los investigadores.
El enfoque multidisciplinar que posee un Etnohistoriador es aquel que nos permite analizar un fenómeno en un tiempo determinado para poder llegar a una interpretación más adecuada. Comenzaremos este articulo con una breve historiografía acerca de las definiciones que se han postulado sobre la Etnohistoria en su devenir histórico, para lo que tomamos de base la recopilación hecha por Carlos Martínez Marín “La etnohistoria; un intento de explicación”, un escrito publicado en el año de 1976 y el cual pareciese que no se ha leído o comprendido lo suficiente en la actualidad, pues al menos entre los colegas más cercanos sigue existiendo la incertidumbre sobre la labor del Etnohistoriador, lo que ha llevado a que en México cada vez sean menos los trabajos realmente etnohistóricos y los pocos que se encuentran suelen encasillarse en temas prehispánicos y coloniales.
En los primeros años del siglo XX, las necesidades de la naciente nación mexicana recaían en el rescate del pasado histórico de los mexicanos, además de crear un modelo de inserción que hiciera participes a los grupos aislados de las capitales, grupos indígenas en su mayoría analfabetas; aunado a eso no hablaban español, por lo que fue hasta el gobierno del general Lázaro Cárdenas, que se creó una escuela a la que se le comisionó como fin el estudio de las mismas, pues si bien con el modelo de alfabetización e incorporación laboral propuesto e implementado por Vasconcelos se obtuvieron buenos resultados, aún para esta época, sin embargo, el rezago educativo y social crecieron conforme la demanda, problema que afectó los intereses gubernamentales más que los de los propios implicados, por lo que fue necesario generar políticas que aceleraran la integración y así obtener resultados más fructíferos.

A sí mismo en Estados Unidos, se atravesaba por un fenómeno que dio paso a una búsqueda inquebrantable por resolver la problemática que los aquejaba. Después del despojo de tierras a los indios pieles rojas, sioux, yaquis, etc., el congreso norteamericano creó en 1946 la comisión dedicada a la reclamación de tierras, donde los indios podrían requerir mediante un juicio sus tierras robadas, siempre y cuando hubiesen sido perdidas por medio de un documento, sin embargo muy pocos de los demandantes contaban con tales pruebas, por lo que estos se dieron a la tarea de contratar antropólogos, abogados e historiadores, así los juzgados recibieron gran cantidad de demandas, lo que obligó a los involucrados a buscar una solución.
De este conflicto se ha dicho que fueron atendidos más de 800 casos a lo largo de 20 años con costos muy elevados. Como mencionamos anteriormente, la corte solo consideró validos los documentos oficiales emitidos por una institución, por lo que cuando los indios hablaban de sus tradiciones, enterramientos y antepasados eran inmediatamente descalificados, lo que forzó a los antropólogos e historiadores a buscar herramientas que les permitiesen resolver esos conflictos.
Los involucrados procuraron la unión de las herramientas propias de las dos disciplinas implicadas; de la Antropología tomaron la etnografía y la aplicaron mediante entrevistas a los demandantes y de la Historia retomaron la historiografía, es decir el análisis detallado hacia los documentos o fuentes escritas, sin embargo fueron más allá pues buscaron la manera de legitimar la tradición oral ya que esta constituía una gran parte de las demandas y en la cual se hacía referencia a las tierras en pugna, fue así que nació una metodología auxiliar que permitió por primera vez la defensa de los indios en un juzgado, llevándoles en algunos casos a obtener sus tierras, puesto que logró incorporar distintas fuentes al estudio de cada caso.
Esta metodología fue denominada “Etnohistoria” por el antropólogo social Clark Wissler en el año de 1909. Dicho autor postuló el término para hacer referencia a un método para estudiar la historia pre-europea que él mismo trabajó, esto a partir de diversas evidencias o fuentes, pasando desde la arqueología hasta los documentos escritos. Años después, en 1954, se fundó en EE. UU. la Sociedad Americana de Etnohistoriadores teniendo como primera presidenta a la antropóloga norteamericana Erminie Wheeler-Voegelin, Sociedad que definió la Etnohistoria como: el estudio de las identidades, ubicación, contacto, movimiento, población y actividades culturales de los pueblos primitivos desde el momento en el que se tiene las primeras noticias escritas sobre ellos y hasta la época actual.
En México, la Etnohistoria se establece en 1953 por parte de algunos becarios del Dr. Wigberto Jiménez Moreno, quien impartía clases en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Ellos incorporaron esta propuesta como una especialidad dentro de la maestría en Ciencias Antropológicas y constaba de clases optativas en torno a los procesos de conquista en México y la época colonial. Estas clases, incluían seminarios de parte del Dr. Wigberto Jiménez además del análisis de documentos referentes a tierras, conflictos, etc.; sin embargo fue hasta 1973 que se consolidó como una licenciatura independiente en la ENAH, esto debido en gran parte a la demanda que obtuvo entre los interesados, incluso se dio un auge en la creación de textos con dicho enfoque y se analizó la posibilidad de que fuera constituida como licenciatura autónoma, esto porque, aún para la época, México contaba con una enorme cantidad de documentos a la disposición de los investigadores, esperando ser analizados.

Las necesidades en México exigían especialistas en el ámbito prehispánico y colonial, pues eran ya demasiados los descubrimientos que día con día aparecían, esperando ser estudiados. La primera generación de interesados en la etnohistoria veía a la misma como una metodología que se enfocó al estudio de la época prehispánica y poco después a la colonial.
Por lo que creemos, a partir de entonces existe una gran problemática en torno a la realización de tesis que no concuerdan con esta descripción, al menos en la ENAH, porque incluso los estudiosos más apasionados de la etnohistoria no se aventuran a la exploración de nuevas enunciaciones; pareciese que la maldición acerca de los límites de la etnohistoria que hizo Gonzalo Aguirre Beltrán no ha podido ser desmitificada. Incluso en nuestro recorrido académico nos hemos encontrado con la descalificación y rechazo entorno a nuestra labor, por lo que en este artículo, al menos para nosotros es necesario analizar cuáles son las definiciones que se han dado sobre la disciplina a lo largo de su historia, aunque antes de pasar a este análisis es necesario aclarar que las definiciones nacen para justificar las necesidades de la época, por lo que invitamos a la reflexión sobre lo que se presentará a continuación.
La Etnohistoria en la Historia
Para comenzar con la historia de la etnohistoria es preciso mencionar al historiador Pedro Carrasco Pizana, quien menciona en parte del artículo titulado “La etnohistoria en América” que existen tres tipos de estudios en los que suele encasillarse a la etnohistoria.
Sin embargo, en Crónica de una disciplina bastarda, David Tavárez y Kimbra Smith nos mencionan que la definición en la actualidad puede dividirse entre dos concepciones: a) la etnohistoria como una disciplina híbrida, resultado de la unión metodológica de la antropología e historia, y b) concepción que considera la etnohistoria como una rama de la historia para el estudio de un fenómeno histórico, es decir una herramienta auxiliar en el análisis de un caso, tal como lo sería la microhistoria italiana.
No obstante, como estos autores mencionan, resulta demasiado curioso el hecho de que no se haya considerado una rama de la Antropología, siendo que entendiendo su nacimiento también posee la herramienta básica de los etnólogos, es decir la etnografía. Al respecto, los autores nos dicen que la antropología ha sido muy clara en explicar que los etnohistoriadores no son capaces de realizar un trabajo de campo tan a profundidad como lo hace un etnólogo y que su quehacer radica más hacia la labor del historiador.
Otra reconocida etnohistoriadora mexicana, es la doctora Johana Broda. Ella menciona que la etnohistoria es el estudio antropológico de la documentación histórica, en otras palabras es el estudio a base de fuentes, escritas y sociedades del pasado; aunque si bien las fuentes son históricas, los conceptos y el aparato teórico es tomado de la metodología antropológica. Por su parte el etnohistoriador peruano Juan Manuel Pérez Zevallos la define en su texto La etnohistoria en México como el estudio de las sociedades que sufrieron dominación colonial para su práctica y se ha nutrido tanto de la de la historia como de la antropología, por lo tanto“debería replantearse sus alcances ya que gracias a su multidisciplinariedad cada vez es más difícil definir y delimitar a la Etnohistoria”.
En las líneas anteriores solo hemos hecho hincapié en las definiciones que creemos han sido más debatidas, utilizadas por propios y extraños; incluso podríamos realizar un trabajo hablando únicamente sobre este tema, sin embargo, no es el fin de este artículo. Pero sí consideramos la importancia de definir qué estamos entendiendo por Etnohistoria y por qué este artículo resulta tener ese carácter.
Etnohistoria; definición, discusión y evolución
Tomando en cuenta la definición clásica de la etnohistoria, esta resulta ser “La historia de los pueblos sin historia, o la historia de los que por los procesos sociales se han visto invisibilizados”. Consideramos que existe una gran problemática en tanto a determinar quién pertenece a los pueblos oprimidos. En los primeros momentos de la historia, al menos en México, estos resultaban ser las comunidades indígenas, analfabetas y negadas a inclusión de la sociedad urbanizada; sin embargo parece ser que a muchos de los investigadores sociales se les olvida que dentro del devenir histórico de México han ocurrido un sinfín de migraciones y explosiones demográficas en la Ciudad de México, en la cual conviven tanto personas adscritas a las dinámicas urbanas, así como también personas que por las circunstancias debieron migrar a la CDMX, por lo que entendemos que dentro de estos grupos existen minorías invisibilidades; por lo tanto la etnohistoria debe evolucionar y generar herramientas capaces de estudiar e interpretar estas nuevas relaciones y reflexionar sobre los actuales grupos oprimidos, que, según entendemos, no solo son grupos indígena, sino cualquier grupo que se encuentre desfavorecido en la dinámica social.
Por lo que creo pertinente definir la etnohistoria como la historia del sujeto antropológico que se ha visto invisibilizado por los procesos sociales y sus dinámicas a través del devenir histórico, el sujeto histórico entendido como todo aquel que es sujeto de estudio, incluso uno mismo en tanto que se encuentre inscrito dentro de una estructura social y se aprecie olvidado o invisibilizado, esto es, cualquier ser humano que por su contexto histórico y demográfico no puede acceder a las mismas circunstancias que su semejante y por lo tanto a lo largo de la historia la brecha diferencial crece.
En ese sentido, se entiende a la Etnohistoria como el estudio del hombre antropológico inmerso en una dinámica social a través del tiempo; el sujeto antropológico al cual hacemos referencia es aquel que se ha visto invisibilizado a través del tiempo y que no necesariamente debe pertenecer a una etnia o comunidad, sino a un grupo social como lo definimos líneas más arriba.
Como lo mencionamos antes, El estudio de Carlos Martínez Marín parece que es el más apto para quitar de una vez por todas esa incertidumbre sobre la definición y metodología que rodean a la disciplina, El autor hace hincapié en que la etnohistoria tiene por objeto la reconstrucción histórico-cultural de los grupos indígenas autóctonos independientes, de los grupos indígenas sometidos al poder colonial, de grupos con cultura tradicional y de grupos modernos marginados y de sus relaciones con los demás grupos con los que conviven. Con lo mencionado antes, la conceptualización y centralización de los trabajos e investigaciones que se siguen haciendo debe dar un giro, evolucionar o dar el siguiente paso según resulte conveniente. Sabemos que dentro de nuestras instituciones nos tienen “oprimidos” en cuanto a lo que es la Etnohistoria, según su formación académica o la corriente que nuestros enseñantes tuvieron, pero es importante mencionar que no podemos seguir relegando los estudios a temas prehispánicos o coloniales, incluso tampoco a los estudios de la revolución, puesto que existen infinidad de temas en los que Etnohistoria puede intervenir para generar un estudio tanto sincrónico como diacrónico, buscando darle voz a esas comunidades menos favorecidas. Con esto no quiero decir lo que por muchos años se ha confundido con hablar por el otro, sino visibilizarlos y hacer oírlos.
Así como la etnohistoria ha pasado por etapas al menos en México, creo que deberíamos dar el siguiente paso y aventurarnos a estudiar fenómenos actuales, con temáticas que han sido consideradas “tabúes” pero que pueden ser estudiadas desde nuestra formación antropológica, puesto que, así como la Historia ha seguido sus pasos, los grupos sociales también han cambiado. Invitamos a la reflexión y a la reestructuración de la disciplina con el fin de aportar a nuestra sociedad y no solo satisfacer y cumplir las normas impuestas por las academias o instituciones.
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