Juana Inés Ramírez de Asbaje: la feminidad subversiva de una intelectual | América Aylín Romero Onofre

Se ha discutido ampliamente sobre la fecha de nacimiento de Juana Inés Ramírez, originaria de San Miguel Nepantla, actual municipio de Tepetlixpa, Estado de México. De modo que, Alberto G. Salceda y Guillermo Ramírez España investigaron, cerca de 1962[1], en la parroquia de Chimalhuacán, a cuya jurisdicción pertenecía Nepantla; tuvieron acceso a una fe de bautismo en la que se registró el 2 de diciembre de 1648 como hija natural (de la iglesia) a “Inés”, siendo sus padrinos Miguel Ramírez y Beatriz Ramírez, hermanos de Isabel Ramírez[2].

El desarrollo de su etapa como joven es poco mencionado en sus escritos, unido a los mínimos testimonios, los datos referentes a su educación formal son faltos[3]. No obstante, Inés relata, en la obra que analizaremos más adelante, que a los tres años de edad acompañaba a una de sus hermanas mayores en sus lecciones para aprender a leer, mismas en las que ella aprendió.

Luego, informa sobre sus siete años de edad y los conocimientos que adquirió por la lectura hecha a libros que tenía su abuelo, también a los que las mujeres de la época aprendían como “habilidades de labores y costuras”[4]. Se debe agregar que, tomó veinte lecciones de gramática, entendiéndose por esto el aprendizaje de la lengua latina; siendo, por tanto, autodidacta desde infante.

Alrededor de 1656 se trasladó a la ciudad de México, hospedándose, por ocho años, con sus familiares, los Mata; posteriormente, estos la llevaron a la corte virreinal para instalarse. El nuevo virrey y su esposa llegaron a México en 1664, Juana Inés tenía dieciséis años cuando fue presentada ante ellos: la virreina, doña Leonor Carreto y don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera. Al interior, distintas situaciones la llevaron a convertirse en la protegida de la virreina, quien era una persona aficionada a las letras, como su esposo[5].

En febrero de 1669 tomó los hábitos en el Convento de San Jerónimo; estaba por cumplir veintiún años. Su figura, siendo ya monja jerónima, ha sido destacada en la literatura y la ciencia, no sin razón. No obstante, este escrito tiene la finalidad de visualizar su contribución desde dos perspectivas que van de la mano: la femineidad y la intelectualidad, dado que no debemos olvidar el siglo en el que ella vivió, es decir, se trataba de una sociedad de hombres y para hombres.

Por lo cual, comentaré la obra Respuesta a Sor Filotea de la Cruz[6]; este testimonio da cuenta de su pensamiento, así como de su postura frente a la participación de las féminas. El mencionado texto se produjo porque Sor Juana escribió una crítica a la obra del célebre jesuita portugués Antonio Vieira, el Sermón del mandato (1642-1650), pues aunque se trataba de un asunto teológico, era “propio de universitarios”[7].

Esta crítica, que después fue publicada sin su autorización y titulada Carta atenagórica, llegó a Manuel Fernández de la Cruz, obispo de Puebla, quien le escribió un mensaje bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, para que la admonición hecha no fuera vista desde la autoridad episcopal. Así pues, el obispo le reconoce las puntuales críticas hechas a Vieira, no sin indicarle que mejor se dedique enteramente a los estudios religiosos, ya que “letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol [Abraham] cuando no sacan a la mujer del estado de obediente”[8].

Juana Inés, respondiéndole, comenzó por exponer las razones de su crítica, además del porqué de su inclinación hacia la investigación. Dicho lo anterior, iniciaré con la explicación más sensata y coherente que expresó con relación a sus conocimientos, que tan poco aceptados eran por ser mujer y que, en cambio, le exigían dedicarse a los quehaceres de las religiosas. Menciona:

[…] yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe […]. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos[9].

Como refiere en el texto, no quería llamar la atención del Santo Oficio con la publicación de la Carta atenagórica. Alegaba que fue perseguida por tener amor a la sabiduría y a las letras, no por saber, ni porque hubiera obtenido, según ella, alguna de las dos. En aquella época se pensaba que la enseñanza en las jóvenes era asunto de la Inquisición porque no era completamente aceptada.

Ahora bien, la educación en una sociedad en la que las mujeres se dedicaban enteramente a la crianza de los hijos y las labores domésticas, o, en cambio, cuando no tenían inclinación hacia el matrimonio se internaban en la vida religiosa, era poco accesible, añadiendo que los instructores generalmente eran hombres[10]. La misma Juana Inés lamentaba haber tenido como maestros solo los libros.

Asimismo, sostuvo, como hizo siempre, que para el estudio de la Teología le parecía preciso conocer de ciencias y artes humanas. La autora cuestionaba, que no era la menor de las cosas, por qué a causa de la Carta atenagórica los varones se oponían a que realizara críticas; por qué su entendimiento no era tan libre como el de aquellos. “¿Es alguno de los principios de la Santa Fe, revelados, su opinión, para que la hayamos de creer a ojos cerrados?”[11].

De manera que, este actuar trasciende a través de los siglos, pues nuestra antepasada fue más allá de lo permitido por la sociedad en la que vivió, se interesó y participó en cuestiones que incluso eran reservadas solo a algunos varones. Es decir, la formación en diversas disciplinas le permitió conocer el contexto en el que vivía, además de aportar al intelecto de la época.

Junto a miles de mujeres a lo largo de la Historia debemos, entre tanto, el derecho a la educación, y como participantes del siglo XXI es imprescindible hacer parte de nuestra cotidianeidad. Acercarse a la obra de Sor Juana nos permitirá reconocer su mérito: la independencia y libertad intelectual femenina. Nuestra ilustrísima mexicana murió en 1695 en la Ciudad de México.

BIBLIOGRAFÍA

Alberto G. Salceda. “El acta de nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz” en Ábside: Revista de Cultura Mexicana. 1962.

Alejandro Soriano Vallés. Sor Filotea y Sor Juana. Cartas del obispo de Puebla a sor Juana Inés de la Cruz. Toluca, Estado de México. Secretaría de Educación. 2014.

Octavio Paz. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. México. Fondo de Cultura Económica. 1982.

IMÁGENES

Autor anónimo. Sor Juana de la Cruz. Óleo sobre lienzo. 1701-1800. Museo de América, España. Consultado el 29 de agosto de 2021 en http://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?Museo=MAM&txtSimpleSearch=Sor%20Juana%20de%20la%20Cruz&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=simple&MuseumsSearch=MAM%7C&MuseumsRolSearch=11&.

Miguel Cabrera. Sor Juana Inés de la Cruz. Óleo sobre lienzo. 1750. Mediateca, INAH. Consultado el 29 de agosto de 2021 en https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/pintura%3A3865.


[1] Alberto G. Salceda. “El acta de nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz”. Ábside: Revista de Cultura Mexicana. 1962.

[2] En su testamento, la criolla doña Isabel Ramírez de Santillana declaró ser la madre de seis hijos, todos naturales; los tres primeros, concebidos con Pedro Manuel de Asbaje. Cfr. Octavio Paz. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. México. Fondo de Cultura Económica. 1982. Página 97.

[3] Si se requiere mayor información acerca de la intelectualidad novohispana del siglo XVII, véase Ibid. Página 55-67.

[4] Alejandro Soriano Vallés. Sor Filotea y Sor Juana. Cartas del obispo de Puebla a sor Juana Inés de la Cruz. Toluca, Estado de México. Secretaría de Educación. 2014. Página 292.

[5] Paz. Op. Cit. Página 126-142.

[6] Soriano Vallés. Op. Cit. Página 283-330.

[7] Ibid. Página 13.

[8] Ibid. Página 279.

[9] Ibid. Página 290.

[10] Sobre esta cuestión, Sor Juana hace una observación bastante detallada. Dice que, si las ancianas y las madres hubieran sido letradas y supieran enseñar, no se habrían dejado bárbaras e incultas a las hijas de los padres que querían doctrinarlas más de lo ordinario por no exponerlas a “tan notorio peligro como la familiaridad con los hombres”, porque a falta de aquellas, recurrían a maestros varones para la enseñanza. Cfr. Ibid. Página 317.

[11] Soriano Vallés. Op. Cit. Página 321.

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