El gran norte. Culturas dinámicas y vestigios milenarios | Relato I

Como parte de las actividades de divulgación del Museo Nacional de Antropología (MNA – México), la etnohistoriadora Carmen Cortés organizó una serie de conferencias en torno a las evidencias arqueológicas dejadas por los grupos humanos que han ocupado el territorio actualmente reconocido como el norte de México. Yo me inscribí para asistir a este encuentro, de donde extraigo el relato y los datos que a continuación compartiré, no sin antes hacer algunas observaciones generales respecto a la organización de las conferencias.

  1. Presentación – Carmen Cortés
  2. ¿De qué «norte» estamos hablando cuando hablamos del Gran norte? – Roberto I. Fuentes
  3. Las actividades de salvamento en el Gran norte
  4. Dinámicas culturales en Durango – Sahira Rincón
  5. Las preguntas y la sobremesa

Generalmente, el MNA da a conocer sus actividades de divulgación con un mes de antelación y tiene fechas bien establecidas para realizar los respectivos procesos de inscripción, mismos que suelen llevarse a cabo mediante correo electrónico. Luego del registro, los asistentes reciben información específica respecto al horario y el lugar de las distintas actividades del curso que les interesa. En esta ocasión, el curso «El gran norte. Culturas dinámicas y vestigios milenarios», sesionará todos los jueves y todos los sábados de abril del 2024, de 10:00 a 13:00 h en el auditorio «Fray Bernardino de Sahagún» del MNA. Los datos que comparto corresponden a la sesión del jueves 4 de abril, la primera de todas que, por cuestiones de logística terminó llevándose a cabo en el auditorio «Jaime Torres Bodet».

Como todos los otros cursos del MNA, el límite de asistentes registrados es de 90. Y, sin duda, las personas que estábamos en el auditorio en esta primera sesión rondábamos la centena. En el recinto, la distribución de las y los oyentes permitía distinguir que el público estaba conformado en su mayoría por personas de edad avanzada, que venían en grupos (y que se expresaban, hablaban y trataban con una familiaridad tal, que parecía que ya hubieran coincidido antes en otros cursos organizados en el MNA —de hecho, no dudaría yo de que se tratara de grupos de colegas profesores-investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero es una especulación mía—) y múltiples jóvenes parejas. Habíamos otros menos que íbamos solos.

De izquierda a derecha: Carmen Cortés, Sahira Rincón y Roberto I. Fuentes.

Parte de los requisitos de este curso es llegar a las 09:30 h para realizar el registro de asistencia. Así lo hice, y 10 minutos después estaba ingresando al auditorio. Al ver que la mesa destinada para las y los oradores estaba instalada en el lado derecho del escenario del auditorio, me ubiqué en el extremo derecho de la cuarta fila de la sección izquierda, para quedar justo de frente a la mesa. Fue precisamente durante la espera entre 09:45 y 10:05 h cuando tuve la oportunidad de observar las interacciones entre las y los asistentes.

Entonces comenzó el curso.

Presentación – Carmen Cortés

Como encargada del departamento de Promoción Cultural del MNA, Cortés realizó una presentación en la que enfatizó la relevancia de este curso frente al enfoque mesoamericanista que suele tener la arqueología y la antropología en México.

Asimismo, introdujo al arqueólogo Roberto Israel Fuentes y a la arqueóloga Sahira Rincón, quienes han trabajado en proyectos de salvamento en diversos estados del país (a lo largo de sus respectivas charlas, mencionaron su participación en sitios arqueológicos ubicados en Baja California, Sonora, Chihuahua, Durango y Zacatecas), y realizó algunas precisiones académicas con las que comenzó la exposición propiamente dicha:

  • En un sentido amplio, en el curso se ha de emplear el término «Gran norte» para referirse a lo que, en tiempos de la invasión colonial, particularmente durante los primeros lustros del siglo XVI se tuvo a bien llamar «La Gran Chichimeca», término de origen náhuatl. Este apunte se verá corregido y aumentado con algunas precisiones que hizo Fuentes en su exposición (ver infra), pero en principio sirvió como punto de partida para ubicarnos geográfica y culturalmente: no estamos hablando de Mesoamérica.
  • Así como se ha llegado a pensar que el náhuatl era la lengua franca de una vasta extensión de Mesoamérica, Cortés declara que las últimas investigaciones apuntan a que el coahuilteca podría haber sido la lengua franca de los pueblos del Gran norte, dado el hecho de que los frailes franciscanos y jesuitas consideraron de suma importancia aprender esta lengua para interactuar con las muy diversas sociedades de cazadores-recolectores y agricultores (¿sería mejor decir horticultores?) que ocupaban dicho territorio.
  • Respecto a esto último, enfatizó la importancia de tomar en cuenta que en el Gran norte no sólo habitaban grupos de cazadores-recolectores nómadas, sino que había diversos grupos de agricultores sedentarios (aunque eran los menos), y es posible asumir cierta forma de interacción entre ellos. Un ejemplo de tales interacciones puede hallarse en Casas Grandes, cuyos asentamientos nos hablan de un modo de vida sedentario, pero cuyos alrededores nos hablan de la presencia de múltiples campamentos nómadas. Otro caso que abona a esta hipótesis es el del sitio arqueológico de Santa Ana (Durango), donde se hallaron restos de cerámica del tipo trincheras en un sitio de cazadores recolectores, lo que, según Rincón, puede interpretarse como una muestra de intercambio de bienes entre estos dos tipos de sociedades.

¿De qué «norte» estamos hablando cuando hablamos del Gran norte? – Roberto I. Fuentes

La exposición de Fuentes comenzó con una revisión del clásico mapa-mural elaborado por L. Covarrubias y E Vázquez, ubicado en una de las salas del MNA, en el que se muestran los mayores «hitos» culturales del país.

Mapa de Mesoamérica, elaborado por Ernesto Vázquez y Luis Covarrubias. Foto tomada de www.canalpatrimonio.com.

Efectivamente, tal como lo señaló el arqueólogo Fuentes durante su participación, el mapa transmite la idea de que, más allá del sitio arqueológico de La Quemada, hacia el norte no había más que un desierto completamente deshabitado. Ahora bien, aunque es cierto que esta idea ha permeado en el imaginario colectivo por el énfasis que históricamente se hace en las grandes civilizaciones del occidente, centro y sur del país, Fuentes no mencionó que, de hecho, tal como su nombre lo indica, el mapa está dedicado exclusivamente a Mesoamérica. En otras palabras: no es que los autores omitieran al norte, sino que éste no formaba parte del interés temático. Y no obstante, este primer acercamiento (in absentia) sirvió para llamar la atención sobre las divisiones geográfico-culturales establecidas para hablar de las áreas culturales que conforman el territorio mexicano.

Detalle del Mapa de Mesoamérica de Covarrubias y Vázquez.

En ese sentido, Fuentes comenzó su exposición mostrando dos mapas presentados por Beatriz Braniff en su artículo «Comercio e interrelaciones entre Mesoamérica y la Gran Chichimeca«. En el primero, Braniff muestra una división en cuatro grandes áreas culturales, que, en términos generales, permite distinguir entre dos tipos de Mesoamérica, una de origen Olmeca (A), y otra de cuño Chichimeca (C), lo que contribuye a reforzar la hipótesis de una interacción entre grupos de cazadores-recolectores y grupos de agricultores (por lo menos en C). En el segundo mapa muestra no sólo una división de la Gran Chichimeca, sino que además identifica los principales sitios arqueológicos de la región.

Ahora bien, Fuentes hizo mención de que, aunque estos mapas sirven para ampliar nuestra idea acerca del territorio del que vamos a hablar, pecan de lo mismo que el de Covarrubias y Vázquez: pareciera que en Baja California y Baja California Sur, así como en parte de Coahuila, Nuevo León y Zacatecas, etcétera, no hubiera más que desierto y una que otra cueva.

Y, con todo y todo, ya contamos con algunos referentes geoespaciales para empezar a hablar del Gran norte.

A esos referentes, Fuentes agregó una anotación de Charles C. Di Peso —clásica, por cierto—, según la cual, lo más conveniente, en términos geográfico-culturales, es ubicar la Gran Chichimeca o el Gran norte como el territorio comprendido del Trópico de Cáncer (en el paralelo 28° N) al paralelo 38° N, pues todo ese territorio, aunque muy diverso topográficamente (pues comprende costas, barrancas sierras, valles y desiertos), está sujeto a variaciones estacionales similares (como pueden ser la precipitación fluvial o incluso eventos arqueoastronómicos). Esto bajo el entendido de que climas parecidos pueden motivar respuestas culturales parecidas y mutuamente influenciables.

Mapa de The Gran Chichimeca, ubicada entre los 23° 27´ N, 38° N, y los 124° O, 97° O. Tomada de Di Peso (1974), Casas Grandes: A Fallen Trading Center of the Gran Chichimeca, Volume 1, Preceramic – Viejo Periods, p. 4.

Ahora bien, dado que el término «Chichimeca» aparecía constantemente, Fuentes aclaró que, como ya había indicado Cortés al principio de la charla, es un término de origen náhuatl, utilizado por los hablantes de esta lengua para referirse a los pobladores que estaban «al norte», sí, pero sobre todo para referirse a un modo de vida que les parecía distinto a al de ellos. Este es un tema interesante que vale la pena estudiar por separado, pues nos habla de los procesos de alterización en el México prehispánico.

En ese sentido, «Chichimeca» vendría de la raíz «chichi-«, que, en la interpretación de Fuentes significa «pecho» y remite a la costumbre de andar con el pecho descubierto todos los pobladores de las tierras norteñas. Para ilustrar su apunte, remite al llamado Códice Xólotl, que narra la migración norte-sur que siguió el pueblo liderado por el caudillo que le da nombre al documento (elaborado a principios del siglo XVI), hasta su asentamiento en territorio conocido como Texcoco.

Detalle de la primera lámina del Códice Xólotl. Tomado de reproducción facsimilar, disponible para su descarga aquí.

En el Códice Xólotl, al mismo Xólotl se le presenta al inicio de su peregrinación con utensilios propios de los grupos cazadores-recolectores conocidos como «chichimecas», tales como una piel en la espalda (es decir, llevaba el pecho desnudo), arcos y flechas, venados y perros. Como lo afirma Fuentes, este documento relata la peregrinación de un pueblo chichimeca que se encuentra con un pueblo tolteca ya venido a menos, con el que forma cierto tipo de alianzas, con el fin de poder apropiarse del paisaje y de prosperar políticamente.

Al respecto, aprovecho para agregar que ya en otro lugar he escrito algo acerca de la representación de un «chichimeca» y la de un «tolteca». Aquí más detalles. De ahí extraigo una cita de Elizabeth Hill Boone que viene al caso:

Esta distinción no es tanto entre etnias cuanto entre modos de vida, pues los chichimecas eran bárbaros cazadores y recolectores que aún no habían dominado el cultivo ni adoptado los modos sociales de los pueblos ya asentados. En las historias de la emigración azteca […] los pueblos (mexica y aculhua por igual) suelen comenzar como chichimecas y terminar como pueblos cultos y civilizados: transformación revelada por un cambio de atuendo y de apariencia. Los chichimecas están caracterizados por el arco y las flechas que llevaban, sus ropas de cuero de animales y su cabello alborotado […]. Los «toltecas» o pueblo civilizado llevan ropas de algodón […], van bien peinados y usan espadas o lanzadardos como armas […]

Boone, E. H. (2010, 62)
Chichimeca en diálogo con nahua toltequizado. Tomado de Boone, E. H. (2010). Relatos en rojo y negro. Historia pictóricas de aztecas y mixtecas. México: Fondo de Cultura Económica.

Este tipo de representaciones, junto con los vestigios arqueológicos nos hablan de ciertos intercambios culturales que dificultad la definición de las fronteras culturales, por lo que, a decir de Fuentes, es recomendable considerar las fronteras como fenómenos fluctuantes y movedizos. Entre estos intercambios habló de la ampliación del panteón mexica, particularmente con el caso de Xipetotec, deidad que, de acuerdo con las crónicas, provendría de alguna región ubicada al norte de la cuenca del Valle de México. ¿Qué tan al norte? Es difícil de decirlo. En todo caso, Fuentes remitió a la tesis de doctorado de Carlos González y González, en donde el público interesado podrá conocer más detalles de esta influencia norteña en el panteón mexica.

En todo caso, lo relevante es considerar que las fronteras culturales son fluctuantes, y para ello vale considerar el caso de Mesoamérica, Aridoamérica y Oasisamérica, intrínsecamente influenciados, aunque sea por oposición.

Las actividades de salvamento en el Gran norte

Dicho lo anterior y contextualizados geográficamente, Fuentes pasó a hablarnos de diversos sitios arqueológicos en los que ha trabajado, especialmente aquellos que conoció trabajando en las obras de salvamento de un gasoducto que venía desde Texas hasta el interior del país.

Su exposición comenzó con el sitio de El fin del mundo, en Sonora, donde se recuperó evidencia de megafauna que interactuó con seres humanos (en términos de cazador-presa), particularmente restos óseos de mamuts y puntas de flecha tipo clovis, elaboradas en materiales duros. Al respecto, Fuentes enfatizó que trabajar materiales duros requiere una amplia dedicación, que a su vez implica una división del trabajo compleja y un amplio conocimiento del medio y de sus propiedades, lo que nos hablaría de sociedades diferenciadas. Para ampliar el tema, remitió al trabajo de Guadalupe Sánchez.

Izquierda: Puntas Clovis. Derecha: Mandíbula de mastodonte. El Fin del Mundo, Sonora. Tomado de Arqueología de México.

Posteriormente habló del sitio La playa, en Sonora, pero dejó la explicación a Rincón, pues ella participó mucho más en dicho proyecto de salvamento. Rincón señaló que este sitio es un buen ejemplo de la importancia que tenían los ríos y sus afluentes para la elección de los asentamientos temporales o estacionales de los distintos grupos. La playa, en efecto, fue un río, pero actualmente está seco y muy erosionado por el viento, lo que ha permitido recuperar todo tipo de material arqueológico:

  • Entierros, «los más variados que he visto» dijo Rincón. Explicó que los había en todo tipo de posiciones, más allá de las típicas (boca arriba, boca abajo, sobe un costado y otro, flexionados sedentes, etcétera). Se trataba de entierros de personas «de pie», con las piernas separadas y levantadas boca arriba, «de cabeza». «Para entierros raros, La playa», declaró Rincón.
  • Asentamientos tipo «Pithouse», o casas en hoyos.
  • Geoglifos, en positivo y en negativo, o sea formaciones hechas con piedras que sólo pueden ser apreciadas desde un punto de vista elevado.
  • Puntas tipo San Pedro
  • Conchas

Fuentes retomó la palabra pa hablar ahora del sitio conocido como Valle de Sonora y de El Bellotal, ambos ubicados en Sonora. En ambos sitios se encontraron estructuras rectangulares que parecen haber servido como cimientos de tierra. Estas estructuras, a decir de Fuentes, presentan una arquitectura similar a la de Casas Grandes: se emplea tierra y madera para crear estructuras con cuartos interconectados, así como tipos de cerámica que recuerda a los grupos humanos conocidos como mimbres y a los de Paquimé, además de cerámica de estilo Babícora estándar.

Asimismo, Fuentes mencionó que se encontraron restos de utensilios y puntas de flecha elaboradas con obsidiana gris y negra, además de puntas hechas de otros materiales y de diferentes estilos (lo que nos hablaría de ocupaciones sucesivas de estos sitios):

Puntas tipoPeriodicidad
Fresnal2500 a. C. – 500 d. C.
San Pedro1200 a. C. – 930 d. C.
Triangulares1050 a. C. – 1350 d. C.
Cortaro3500 a. C. – 150 d. C.
Puntas de flecha y periodicidad, halladas en El Bellotal, Sonora

Otro sitio arqueológico presentado por Fuentes fue el de Santa Anita en Sonora, sitio de especial interés porque en él se hallaron restos de cerámica del tipo trincheras, así como utensilios de grupos cazadores recolectores, como bifaces y puntas de lanza tipo La Playa, Chiricahua, Ciénega Larga, Dátil y San Pedro, así como claras evidencias de pithouses o casas en hoyos.

También habló de los cerros «atrincherados «terraceados» que rodean el sitio de Santa Ana. Se les denomina de ese modo porque a lo largo de todo el cerro es posible contar entre 900 y 1000 construcciones tipo terrazas o trincheras, que posiblemente fueron empleados con fines agrícolas, postura que se refuerza con la evidencia de canales de riego, cosa que, a decir de Fuentes, podría proponer una agricultura de temporal.

Finalmente, la participación de Fuentes concluyó con la presentación de algunos vestigios arqueológicos de Casas Acantilado ubicadas a lo largo de la Sierra Madre Occidental. Al respecto, enfatizó el hecho de que a lo largo de todo el Gran norte, dada su variedad de tipo y disponibilidad de recursos naturales, es posible apreciar diferentes estilos de vivienda según la región. El caso de las Casas Acantilado es interesante porque es característico de la sierra, pues el tipo de terreno ha dado lugar a la creación de múltiples abrigos rocosos, que han sido aprovechados por los moradores de la sierra, cosa que no es posible, por ejemplo, en las costas o en los desiertos, donde los tipos de vivienda tienen que tener otras características.

Asimismo, Fuentes llamó la atención hacia el hecho de que es en los sitios de las Casas Acantilado donde mayor diversidad de expresiones rupestres podemos encontrar, ya en forma de pinturas, ya en forma de petrograbados.

Con eso acabó su participación y cedió la palabra a Sahira Rincón, quien pasó a contarnos acerca de su experiencia en proyectos de salvamente en el territorio norteño de México.

Dinámicas culturales en Durango – Sahira Rincón

La arqueóloga Sahira Rincón se preocupó, sobre todo, de hacer ver que las diferentes zonas arqueológicas mostraban evidencia de distintos momentos de ocupación. En ese sentido, le pareció importante hacer la distinción entre los restos que sugerían la presencia en el actual territorio de Zacatecas de una rama cultural temprana, conocida como suchil, y de otra posterior, que floreció en el actual estado de Durango, conocida como chalchihuita, pero que, sin duda, mostraban la influencia de otras expresiones culturales del tipo aztatlán provenientes desde el actual territorio de Sinaloa. Esta información, una vez más, apoya la hipótesis de los intercambios entre los distintos territorios. Estos dichos eran ilustrados con mapas elaborados por José Luis Punzo Díaz et al. (2017).

Asimismo, Rincón se encargó de hacernos ver que, tal como lo muestran los mapas de influencias entre costa y altiplano, y entre el valle de Guadiana y Chametla a través del río San Lorenzo, la mayoría de los asentamientos siguen los afluentes de los ríos y arroyos que vienen de la Sierra Madre Occidental. Y nos narró cómo en la zona arqueológica de La Ferrería bastaba con seguir la corriente del río para hacer nuevos descubrimientos. Además mencionó que en esta zona arqueológica se encuentra la pirámide «más norteña», en el sentido de que está más al norte, y nos platicó la importancia que ha tenido la población local en el mantenimiento de la zona, pues, a decir de Rincón, de la comunidad nació el interés por hacer un museo de sitio y de recaudar expresiones arqueológicas de los antiguos moradores de dicho territorio.

Apuntando hacia el fin de su participación, Rincón resaltó la existencia de Casas Acantilado en Durango, por ejemplo, en la llamada Cueva del Maguey, y con ello presentó la hipótesis de que estas construcciones no sólo fueran viviendas, en el sentido estricto, sino más bien «paraderos», o espacios que podrían ser usados para realizar recorridos a lo largo y ancho de la Sierra Madre. Esta idea de cuño arqueológico la reforzó con evidencia simbólica y mítica, apelando a la figura del Kokopelli, El flautista o Maju (en lengua del pueblo hopi), deidad a la que el pueblo hopi le atribuía propiedades fertilizantes y cuyas representaciones han sido encontradas a lo largo de la Sierra Madre Occidental, desde Arizona hasta Durango.

Finalmente, Rincón invitó a la audiencia a que visitaran otras zonas arqueológicas abiertas al público y que se mantuvieran al pendiente de los nuevos espacios en los que las y los arqueólogos de México se encuentran trabajando. Asismismo invitó a que, al momento de pensar en el Gran norte, consideremos que ha habido cambios en el paisaje, en el clima, y que eso, inevitablemente, ha repercutido en las expresiones culturales y en la elección de los asentamientos, y acentuó el hecho de que, como se mencionó a lo largo de las presentaciones, existió una amplia red de intercambio cultural de costa a altiplano, y de ahí a tierra adentro, siguiendo los márgenes de los ríos, aprovechando los recursos, lo que, como se ha mencionado, implicaba una organización más bien compleja. Con esto, invitaba a la audiencia a pensar el Gran norte no como la tierra de pueblos bárbaros, sino como un complejo crisol sociocultural.

A lo largo de su presentación, Rincón se mostró inconforme varias veces por no haber incluido ciertas imágenes y mapas en sus diapositivas, pero señaló que en la siguiente sesión pedirá a los ponentes unos minutos para exponernos más acerca de lo que nos platicó de manera tan sucinta en esta primera sesión.

Las preguntas y la sobremesa

Con aplausos terminó la exposición, tan completa. Y Cortés procedió a agradecer a Fuentes y Rincón por su participación, procediendo luego a abrir una breve sesión de preguntas y respuestas. Éstas fueron pocas y puntuales.

  1. La primera versó acerca del origen norteño de Xipetotec; se pidió profundizar al respecto. Fuentes remitió a la tesis de González González mencionada más arriba. No obstante, más interesante fue su aclaración de que en los documentos sólo se dice que el culto al Dios Descarnado (Xipetotec) viene del norte, pero nunca se precisa qué tan al norte, ni se dan pistas para que esto se pueda descifrar.
  2. Respecto a los límites prehispánicos, se preguntó más o menos por dónde se ubicaban estos. Fuentes señaló que existe evidencia documental que habla de un lugar conocido como Teotlalpan, ubicado en el actual estado de Hidalgo. Por la etimología, Teotlalpan puede traducirse como «Tierra de los dioses» o «Tierra de los ancestros», señalado como el lugar hasta donde llegaba el modo de vida despótico tributario propio de Mesoamérica. Y aun especuló acerca de la posibilidad de que esos «ancestros» en realidad remitieran no a «ancestros» reales, sino a un antiguo modo de vida, el chichimeca. Con eso, argumentaba que en Teotlalpan podría hallarse esa frontera cultural, no sin volver a insistir en el hecho de que las fronteras son fluctuantes, dependiendo de la geografía y del desenvolvimiento de cada pueblo.

Al finalizar las respuestas, pasé a despedirme personalmente de Fuentes, Rincón y Cortés, y a agradecer por habernos compartido la información. Salí del Torres Bodet. Recogí mi mochila en la paquetería del MNA, y tomé una EcoBici rumbo a mi hogar. Así terminó la primera sesión del curso acerca del Gran norte. Esperen la próxima.

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