Dra. Lizeth Pérez Cárdenas
Escuela Nacional de Antropología e Historia
lizperez.cardenas@gmail.com
La construcción de espacios para la difusión del conocimiento antropológico es necesaria para la reflexión desde distintos lugares, posiciones e ideologías. Los proyectos colectivos editoriales se avizoran como semilleros de ideas que a las y los antropólogos nos permiten repensarnos más allá de los medios hegemónicos de conocimiento. Por ello, en las siguientes líneas planteare algunas ideas preliminares, que más que conclusiones o afirmaciones, son apenas un punteo sobre uno de los males que asechan a la academia y particularmente a la antropología, con ello me refiero particularmente al racismo.
Estas reflexiones tienen que ver con mi propia observación, desde mi posición en cierta medida privilegiada, y que si bien esta matizada por varios tipos de discriminación, por ejemplo, la de género que es la que he percibido con mayor claridad, en mi caso no he enfrentado racismo de forma directa, lo cual no significa que no exista o peor aún que queramos ocultarlo o invisibilizarlo. Por ello, me parece demás pertinente que, en futuros espacios, se retomen las aportaciones y perspectivas de estudiantes o investigadores que hacen parte de la diversidad cultural de nuestro país, personas indígenas o afromexicanas, ya que ellos tienen una percepción encarnada del racismo y sus consecuencias, por lo tanto, su visión permite construir otras reflexiones antropológicas.
Para empezar, quiero señalar que el racismo es un problema estructural real en nuestro país y prácticamente en todos los territorios de Latinoamérica, que parte de un discurso que plantea la premisa de la existencia de una jerarquía racial que tiene como consecuencia la idea de superioridad/ inferioridad cultural y por lo tanto legitima la dominación de unos grupos sobre otros. Es por esto, que el racismo se sostiene en prejuicios y estereotipos, que tienen como resultado la exclusión, discriminación, violación de derechos, agresiones, violencia e intolerancia, por señalar solo algunos.
Si bien, estas consecuencias parecerían muy lejanas a la academia, las ciencias sociales y la antropología, lo cierto es que cotidianamente operan un conjunto de procesos que reproducen los racismos, perfeccionándolos, sofisticándolos y ocultándolos con la finalidad de que pasen desapercibidos.
El texto estará organizado en tres aspectos principales: el primero, tiene que ver con lo que pasa al interior de nuestra disciplina (la antropología en particular y las ciencias sociales en general); el segundo aspecto tiene que ver con el manejo de los resultados que la y los investigadores obtienen del análisis de grupos como lo pueblos indígenas o las poblaciones afromexicanas; y el tercer aspecto, se centra en los programas que buscan incentivar en “cierta medida” la incorporación de personas diversas en la academia.
Históricamente la antropología es una disciplina que se ha dedicado de forma profunda a la observación y análisis de la discriminación, la exclusión y el racismo. No obstante, lo ha hecho de forma teórica y analítica, incorporando a sus programas de estudios contenidos e incluso asignaturas completas que brindan elementos a los estudiantes para la construcción de miradas solidas para comprender dichos fenómenos. Sin embargo, es importante destacar que la antropología, por lo menos hasta dónde yo he alcanzado a observar no cuenta del todo con los mecanismos para revisarse a sí misma y observar las múltiples formas de racismo que ejerce desde dentro. Por ejemplo, pienso en las formas muchas veces verticales en la que las y los antropólogos se introducen a temáticas particulares o a comunidades indígenas o afrodescendientes.
Al mismo tiempo y en ese aspecto, me parece muy importante la construcción de nuevas metodologías, que parten del principio de la colaboración, por ejemplo, el tema de las etnografías colaborativas[1], que van más allá de la visión externa de las y los investigadores; y que incorporan de forma activa a lo que hasta hace uno años se solía considerar como los objetos de la investigación. Sin embargo, este tipo de metodologías nos llevan a preguntarnos ¿cuáles son los principios básicos de la colaboración? y ¿desde dónde se construye esta colaboración? Solo por pensar algunas preguntas.
Sumado a esto la práctica antropológica tiene muchos sesgos y en ese intento de mirarnos el ombligo, sería pertinente que, como antropólogas y antropólogos, o bien como investigadores sociales tuviéramos lo que yo llamaré “cursos” sobre buenas prácticas, ética en la antropología y algunos otros más que sería bueno comenzar a imaginar, con la finalidad de construir nuestra práctica antropológica desde otra posición, si es que existe otra posición que per se no reproduzca esta serie de prejuicios.
De la mano de las formas en que se construye el racismo y se ejerce desde el interior de la disciplina, nos encontramos de frente y de lleno con el tema de los resultados. Y entonces sería bueno preguntarnos y cuestionarnos ¿de quién son los datos? Los datos les pertenecen a las comunidades, a las personas, a los investigadores ¿a quiénes? Supongamos que el o la investigadora llegaron a una comunidad y solicitaron consentimiento de las diferentes partes ¿pero es eso suficiente?
Nuestros datos o sus datos son elementos que nos ayudarán en nuestros naufragios por el mundo académico, en el cual la exigencia de la hiper productividad a través de artículos, capítulos de libros y cualquier otra publicación serán elementos que nos darán la oportunidad de colocarnos en el imaginario de la academia; por ello, me vuelvo a preguntar ¿cómo conciliar la propiedad de los datos y los resultados con la construcción de procesos horizontales?
Personalmente yo he investigado temas relacionados con la participación de las mujeres indígenas, y es una realidad que en muchas actividades académicas dedicadas al análisis de las problemáticas que los pueblos indígenas enfrentan, a veces, ellos no son invitados. Cuando es un hecho, por lo menos para mí, que un análisis profundo y minucioso solo será posible con la observación de los de fuera y los de dentro, en una especie de colaboración que sin duda nos puede aportar elementos valiosos para la comprensión de los fenómenos sociales de forma compleja y completa.
A modo de anécdota, me gustaría retomar el caso de un colega antropólogo e indígena que se encontraba realizando sus estudios de maestría, él un joven brillante, experto en su tema de investigación, tenía lo que para cualquiera serían “serios” problemas de escritura, ¿por qué? Porque su lengua materna no era el español y porque, aunque él hablaba y entendía perfectamente el español, con frecuencia se enfrentaba a problemas de concordancia, ya que desde su lengua y su forma de pensamiento: las frases, los enunciados y las oraciones no se estructuraban de la misma manera. No obstante, en el mundo académico lo que se privilegia son textos redactados conforme a las normas, que en múltiples ocasiones invisibilizan este tipo de problemas. La alternativa o la propuesta que le ofrecieron a este antropólogo fue comprarse distintos diccionarios y libros sobre lengua española, lo cual de forma limitada resolvió el problema, sin embargo, no resolvió el problema estructural latente en esta situación.
Por otro lado, en este mismo mundo, el académico y sobre todo en la parte que corresponde a la escritura, hay fuentes que pesan más que otras. Es decir, constantemente se privilegian los planteamientos que ya fueron estructurados o publicados por un investigador de renombre, que lo que nos pueden decir las y los actores de las investigaciones. En este espacio tiene más validez una larga lista de autores, que una larga lista de testimonios, que pareciera que en realidad solo nos sirven para dibujar o ilustrar los escenarios, y que por sí mismos no son suficientes, sino que tienen que ir acompañados por alguna frase como: “a lo que hace alusión o refiere tal autor”. En ese aspecto, sería importante pensar o repensar ¿cómo podemos transformar estos problemas?, ¿qué cambios podemos construir y desde dónde?, con la finalidad de transformar el papel de las voces autorizadas.
Si nos preguntamos ¿cuál es la generalidad de la academia mexicana? Pues grosso modo podríamos decir que es una academia que posiblemente dentro del Pantone de colores estaría ocupada por personas “blancas”, “mestizas” y/o “blanqueadas”. Si bien es cierto que existen investigadores que pertenecen a pueblos indígenas y/o a la población afromexicana, hasta donde yo sé dentro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) que pertenece al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) no se cuenta con cifras específicas que nos den cuenta de ello, lo cual invisibiliza la diversidad en la academia.
Por otro lado, podríamos decir que la presencia de investigadores e investigadoras indígenas es mínima debido a las múltiples formas de discriminación que estas poblaciones enfrentan de forma constante, desde la educación básica hasta la superior, peor aún cuando hablamos del acceso a posgrados. En ese aspecto, es importante señalar que en México según el censo de población 2020, el promedio de escolaridad de la población de 15 años y más hablante de lengua indígena es 6.2 años (5.8 para las mujeres y 6.7 para los hombres) (INEGI, 2020).
Desde la primera década del 2000 ya existían programas encaminados a subsanar la incorporación de las y los indígenas en la educación superior. En 2001 se implementó el Programa Internacional de Becas de la Fundación Ford. Según Navarrete (2011):
entre 2001 y 2010 el IFP otorgó en México un total de 226 becas: 190 (84%) de maestría y 36 (16%) de doctorado. El universo de becarios mexicanos estuvo compuesto por 91 mujeres (40%) y 135 (60%) hombres. En este universo están representados 20 de los 31 estados del país y 29 de los 62 grupos étnicos existentes (978).
La beca operó hasta 2012, después en México se creó el Programa de becas de posgrado para indígenas –PROBEPI, el cual es operado por el CIESAS bajo el financiamiento del CONACYT. Si bien este programa se dirige a los pueblos indígenas en general, se hace mención en sus mismas reglas sobre el favorecimiento a las mujeres indígenas. Lo cual resulta comprensible si tomamos en cuenta que las mujeres indígenas son las que enfrentan un mayor número de rezagos respecto al acceso a servicios, salud, educación, entre muchos otros.
Es importante destacar que este no es el único programa que ofrece apoyos a estudiantes indígenas de posgrado. Por ejemplo, el mismo CONACYT ofrece los siguientes programas:
- Programa de becas de posgrado para Mujeres Indígenas (CIESAS – CONACYT – CDI).
- Incorporación de Mujeres Indígenas para el Fortalecimiento Regional
- Apoyos Complementarios para Mujeres Indígenas Becarias CONACYT.
Si bien es cierto que el Estado contempla un conjunto de acciones tendientes a la igualdad y la no discriminación, es una realidad que las huellas del racismo aún se encuentran marcadas. Además, no debemos olvidar que el racismo tiene una relación intima con el clasismo, y ahí en ese espacio de encuentro entre estos dos grandes aliados de la discriminación, las desigualdades se potencian. Finalmente quiero decir que hacer frente al racismo es un asunto que nos corresponde a todas y todos, y es importante mostrarlo y hacerlo visible con el único fin de desaparecerlo.
Referencias
Navarrete, David (2013), Becas de posgrado para indígenas: un programa no convencional en México. Cadernos de Pesquisas v. 43, n. 150, p. 968-985.
INEGI (2020), Censo de Población y Vivienda.
[1] Para mayor detalle consultar el texto: Álvarez, Arribas y Dietz (2020), Investigaciones en movimiento: etnografías colaborativas, feministas y decoloniales, – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CLACSO; Madrid: Ministerio de Ciencia e Innovación; Agencia Estatal de Investigación.