La antropología indigenista en México: un proyecto político | Eduardo Segura García

Autor: Eduardo Segura García

Introducción

En México la antropología surge financiada por organismos gubernamentales con intereses claramente políticos. La tarea asignada para los antropólogos fue la integración de los pueblos originarios a la economía y política nacional, apoyándose el Estado en el indigenismo.  Con la fundación de las primeras escuelas de antropología durante el periodo cardenista se consolida con mayor fuerza la institucionalización de la antropología mexicana cuya base de acción sería el indigenismo.

Desde sus inicios, el indigenismo, como práctica institucionalizada de la antropología, ha jugado un importante papel en las relaciones políticas de las instituciones gubernamentales con los pueblos originarios, aportando conocimientos y herramientas al Estado. Los antropólogos, durante largos periodos de tiempo, fueron cercanos a las cúpulas de poder político o desempeñaron importantes funciones en el gobierno como secretarios de Estado y directores de importantes instituciones. Personajes como Aguirre Beltrán, Julio de la Fuente, Bonfil Batalla y Arturo Warman, por mencionar algunos, tuvieron un importante papel en el gobierno mexicano desarrollando la política indigenista que ahondó el proceso de proletarización.

El indigenismo integracionista siempre ha guiado una parte del trabajo antropológico en México; los antropólogos tienen menor presencia en las esferas políticas, aunque el indigenismo, como política de Estado, sigue desarrollándose, cambiante pero firme, en la antropología mexicana.

El indigenismo mexicano

La antropología mexicana surge en un contexto que la diferencia de todas las otras antropologías del mundo. Surge, como diría Salomón Nahmad, desde, por y para el Estado; no desde las universidades (2017) Es el Estado mexicano, antes que cualquier escuela, el impulsor de la antropología que en los tiempos de la revolución se viene gestando. La antropología mexicana tiene desde sus inicios otra característica que la distingue de otras y que se relaciona con el desarrollo histórico de su país de origen: los pueblos originarios. Estos, debido al desarrollo histórico del país, vivieron un pasado donde fueron pueblos colonizados y la antropología en México ha sido consciente de ello. El estudio del proceso colonial y sus repercusiones en la realidad diferencia la antropología hecha en México en un primer momento de todas las demás.

Los pueblos originarios son, desde la perspectiva de un gobierno capitalista, mestizo y occidentalizado, el otro, el diferente, el no proletario, no propietario; por lo tanto el atrasado, que desde la óptica del Estado, representa un obstáculo.

Los pueblos originarios como sujetos de estudio han sido la esencia, desde su nacimiento, de la antropología en México. Incluso los trabajos de antropología urbana como el de Larissa Lomnitz (1985) y Lourdes Arizpe (1975) retoman a los pueblos originarios como sujetos de estudio, ahora en el contexto urbano. Hoy en día en la ENAH, los estudios sobre comunidades indígenas o algún aspecto relacionado a estos siguen abarcando un importante número de tesis e investigaciones.

Manuel Gamio escribe su famosa obra Forjando Patria mientras se desarrolla en México la revolución. En esta obra, escrita por uno de los intelectuales revolucionarios, se muestra la visión de las fuerzas carrancistas sobre los indígenas y el zapatismo que luchaba por sus derechos. Esta base teórica de lo que comenzaría a comprenderse como “el problema indígena” puso las bases para el posterior desarrollo de la antropología en el país y su relación con el Estado mexicano heredero de los revolucionarios carrancistas.

Gamio identifica 3 de las condiciones que cumplen los países con “una nacionalidad definida e integrada” (Gamio, 2017, p. 9).

a)      Unidad étnica.

b)      Idioma común.

c)      Elementos sociales y/o de clase que representan manifestaciones culturales comunes (Gamio, 2017).

Gamio ve en los pueblos originarios una cultura estancada, sin perspectiva de clase, que dificulta el progreso del país. Por lo tanto justifica la necesidad de homogeneizar la cultura y hacer de ella una sola cultura, la cultura nacional o mexicana: la mestiza. En su obra propone un camino y una identidad para la antropología en México:

Es axiomático que la antropología en su verdadero, amplio concepto, debe ser el conocimiento básico para el buen gobierno […] Por medio de la antropología se caracterizan la naturaleza física y abstracta de los hombres y de los pueblos y se deduce los medios apropiados para facilitarles un desarrollo evolutivo normal.

(Gamio, 2017, p. 17).

Esta premisa escrita por Gamio sería el eje de la antropología en nuestro país durante un largo periodo, una ciencia al servicio de un gobierno paternalista que busca conocer para impulsar y orientar cambios.

Indigenismo integracionista como proyecto político

La antropología integracionista representa un momento en que ha madurado ya la relación de esta disciplina con el Estado mexicano. El indigenismo como política ha acompañado a los institutos como el INAH desde su surgimiento. Este instituto ha atravesado distintas etapas. En un primer momento, el integracionismo ocupó la agenda del quehacer antropológico en nuestro país.

El objetivo del integracionismo era claro y concreto: el desarrollo de las comunidades indígenas. Un desarrollo que no puede ser concretado sin su integración a la economía nacional. (Aguirre, 1973). En sus planteamientos, Aguirre Beltrán parte del concepto de “desarrollo” según lo entienden las Naciones Unidas. En su introducción a Regiones de refugio comenta sobre este concepto que el punto máximo a alcanzar con el desarrollo es que cada comunidad indígena aporte al progreso nacional. Para esto, es necesaria la integración que va de la mano con el mejoramiento de las condiciones de la comunidad en una acción conjunta de la comunidad misma y el Estado (Beltrán, 1973). Este indigenismo propio del PRI durante su etapa nacionalista, cuando premiaba el discurso reivindicativo de la revolución, busca proletarizar (Aguirre, 1973), esto es, integrar al sistema capitalista, pero con el respeto de ciertas costumbres y expresiones culturales.

Para algunos antropólogos, este desarrollo e integración se traducen como aculturación e inserción de los pueblos originarios a la cultura y explotación capitalista (Nolasco, 2002; Arizpe, 1988; Villegas, 1982; Medina, 1983).

El indigenismo responde a la crisis capitalista en medio del imperialismo que hace de México un país dependiente, subdesarrollado y en crisis. (Villegas, 1982; Bonfil, 2002; Medina, 1983). Ante la lucha de clases, los antropólogos con sus investigaciones permiten diseñar formas en que la explotación y la aculturación sean más sencillas (Villegas, 1982) o, en palabras de Aguirre Beltrán, que se integren “sin los graves trastornos de personalidad y estructura que conducen a la anomia” (1973, p. XIII).

            En la acción indigenista, la educación llegó a jugar un papel relevante. Los programas de educación y escuelas rurales fueron una de las grandes apuestas del Estado mexicano en su afán de intervenir a los pueblos originarios.

De la escuela rural cabe destacar el importante papel que se le daba al fomento del nacionalismo. Los símbolos patrios, la historia oficial y sus héroes: “En cada escuela rural tenemos, pues, si no el culto de la bandera, sí la religión de la bandera […] procuramos que los niños […] la amen y les creamos también una mentalidad nacionalista” (Saenz, 1985, p. 23).

Moisés Saenz reconoce que las escuelas rurales no son simples centros educativos donde los padres dejan a sus hijos por varias horas y después los recogen para llevarlos rápidamente  a casa. En las escuelas rurales los pequeños desempeñan distintas actividades como la siembra, crianza de animales, producción artística y artesanal, entre otras. Cuando es hora de llevar o recoger a los niños, los padres y hermanos que van por ellos se integran y hacen uso de los espacios de la escuela. Integrándose a las actividades o llevando a cabo conversaciones prolongadas en las escuelas sobre la educación y otros temas (Saenz, 1985). “La escuela rural […] es el lugar de reunión de los vecinos. Tiene relaciones y conexiones vitales con toda la aldea […] [es] un centro social para la comunidad” (Saenz, 1985, p. 21).

Más allá de la propia escuela, los maestros rurales, que en muchas ocasiones son también indígenas, eran educados desde la perspectiva occidental (Hernández, 2022) y no desde una propia, por lo que eran preparados para funcionar como verdaderos agentes de la integración:

Un maestro […] con iniciativa bastante para actuar como promotor de la comunidad en que ejercía sus múltiples funciones. Estas comprenden, además de la alfabetización, la gestión agraria, el fomento agrícola, la organización económica, la procuración de la salud y de la recreación y, sobre todo, la reinterpretación de las ideas modernas en los viejos moldes tradicionales.

(Aguirre Beltrán, 1973, p. XIII)

Tras la crisis económica (Carchedi, 2017) y política de la década de los 50, en que las contradicciones se agravan, la pobreza crece, los movimientos sociales se intensifican y cambian los paradigmas: surge una generación de antropólogos críticos hacia la postura oficial (Medina, 1983; Arizpe, 1988). 

Las ideas de estos antropólogos críticos se sintetizan de forma general en la Primera Declaración de Barbados (1971) y son reafirmadas por organizaciones indígenas en la Segunda Declaración de Barbados (1988), en la que se sitúa la condición colonial de los pueblos originarios, sumada a los países latinoamericanos en contexto de dependencia, subdesarrollo e imperialismo.  Asimismo, se asignan responsabilidades al Estado en su relación con los indígenas, pues se establece que este debe procurar: el bienestar, el desarrollo de la cultura, el respeto a las tradiciones y el territorio y asegurar la integridad y el derecho a la organización de los pueblos originarios para ser tomados en cuenta en las decisiones políticas del país. Este documento finaliza con la afirmación de que son los propios pueblos originarios aquellos que deben dirigir su desarrollo con pleno respeto de sus formas organizativas, sociales y económicas.

Con la llegada de Echeverría a la presidencia, la Antropología vivió la estrategia presidencial de aquel entonces: ante lo público, una aparente apertura a la izquierda y las ideas progresistas, pero, más allá del discurso, la violencia y explotación continuaban.

En el periodo de Echeverría, llega Bonfil Batalla a la dirección del INAH. El antropólogo, con un discurso de izquierda y la idea de darle lugar al indígena para que él mismo decida sobre sí, se esmera en acrecentar el número de los Centros Coordinadores Indigenistas del INAH. Al finalizar el periodo presidencial de Echeverría y de Bonfil como director del INAH, en 1977, hay en México 80 Centros Coordinadores Indigenistas, 70 más de los que había en 1971 (Nahmad, 2017).

La Alianza Nacional de Profesores Indígenas Bilingües denuncia en 1978 que el Estado:

Postulaba una política indigenista formulada por los no indios para los indios […] Los centros coordinadores indigenistas, la idea de ser ellos los `bienhechores´ de las comunidades indígenas […] se sienten propietarios de los recursos y las instalaciones […] [esto] fomenta una actitud de dependencia y refuerza los mecanismos de dominación.

(Hernández, 1988, p. 398, 399)

Por otro lado denuncia Carlos Villegas que, si bien la antropología busca darle al Estado las herramientas para implementar las políticas con la mayor seguridad, este puede prescindir y hacer uso de sus factores coercitivos:

Para el Estado como representante de la legalidad y la justicia burguesa, los factores culturales o extraeconómicos nunca han representado obstáculos infranqueables […] Se imponen aparatos administrativos que analizan la participación política del indígena; se establecen medidas precisas para la acción económica; se dictan leyes y decretos, y si esto no es suficiente; se realizan matanzas masivas de campesinos, obreros e indígenas.

(Villegas, 1982, p. 114)

El indigenismo en el gobierno panista del Siglo XXI

El Siglo XXI comienza en México con la llegada del PAN al poder. Natividad Gutiérrez Chong caracteriza la política indigenista de este periodo como una “falta de comprensión y visión sobre una de las características históricas que nos dan originalidad como nación” (Gutiérrez Chong, 2015, p. 33). El indigenismo panista, sin perspectiva sobre los problemas de los pueblos originarios ni de la importancia del patrimonio cultural, maneja políticas a la deriva, sin mayor repercusión positiva para los pueblos pues pierden voz y representatividad. Se da mayor peso y concesión a las empresas sobre los pueblos. Existe una diferencia entre los dos gobiernos panistas: en el gobierno de Fox, comenta Gutiérrez Chong, se buscaba mayor diplomacia con las Naciones Unidas y las organizaciones que cuidaban los derechos de los pueblos. Por otro lado, durante su administración “Felipe Calderón será por siempre recordado porque de su gestión indigenista destacó cómo hacer retroceder a los pueblos indios al folclor” (Gutiérrez Chong, 2015, p. 34).

El folclorismo y el asistencialismo son, para Leif Korsbaek, las principales características de un indigenismo difícil de delinear y con una carente oportunidad de participación de los pueblos originarios en las políticas públicas:

Se siguen los modelos de combate a la pobreza dictados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y se sigue instrumentando una política de dar, más que de capacitar y apoyar proyectos productivos alternativos, para promover el desarrollo. 

(Korsbaek, 2007, p. 216-217)

Los intereses de la burguesía, como podemos ver, siguen privilegiados sobre los de los pueblos originarios o de cualquier otro.

Indigenismo ¿para qué?

El indigenismo es una política que ha acompañado a la antropología desde sus inicios en México. La antropología mexicana se ha formado de diferentes escuelas y con distintas posiciones, pero la perspectiva del indigenismo integracionista tuvo un fuerte desarrollo al estar respaldada por el Estado, al punto de que el modelo integracionista mexicano fue fundamental  para la implementación de políticas similares en otros países latinoamericanos.

Los antropólogos como facilitadores de la teoría integracionista han jugado un papel importante en el proceso de proletarización de los indígenas y campesinos, un proceso que tuvo un pilar práctico en los maestros rurales. La integración que lleva el paso de no proletarios a las filas del proletariado no es un fenómeno particular del país, sino que se inscribe en una serie de procesos económicos y políticos a nivel mundial que tienen repercusión en la cultura.

El indigenismo integracionista surgido como un proyecto político de Estado posrevolucionario ya no tiene los tintes que tenía. Las duras críticas de distintas voces permitieron un giro en la antropología que con la llegada del Neoliberalismo y su doctrina preferida, el postmodernismo, caen en letargo. Los gobiernos panistas del siglo XXI implantaron un indigenismo mucho menos delineado y con propósitos menos firmes. La relación con los indígenas era mayormente de explotación y represión, mientras se les estereotipa.

No toda la producción antropológica en México se adscribe al indigenismo como política de Estado, pues existen y han existido multitud de investigadores y académicos que se posicionan del lado de los pueblos originarios como aliados en sus luchas (Hernández, 2022), pero es innegable el papel histórico del indigenismo en procesos macroeconómicos y políticos como la proletarización del campo.

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